twitter
    Follow me on Twitter!

sábado, 22 de octubre de 2011

Búsqueda implacable

Iba ya de salida, mirándo a mi alrededor, buscándola solo para que la casualidad nos reencontrara de nuevo.
La había visto arriba horas antes pero mi consciencia me frenó. Aún así las ganas de abrazarla no cesaron.
Caminé hasta la puerta con apuro y sin mirar más, tomé la manija y dudé, dudé 10 veces. Solo me restaba girarla y no pude hacerlo.
Algunos lo llaman rapto de locura, otros simplemente lo confirman, aquel sentimiento que causó que me detuviera en la puerta y subiera rápidamente la escalera no se había esfumado. Incluso, parecía intacto.
Ya estando arriba revisé las instalaciones y no la encontré, vi a la rubia que me mira despectivamente y seguí, tampoco la encontré en la segunda ni en la tercera habitación.
Bajé las escaleras con los hombros encogidos, sinónimo de derrota, me mecí de un lado hacia el otro tocando la baranda de ambos lados y una vez abajo agaché la cabeza.
Abrí la puerta, esta vez sin resquemor, y caminé. Caminé hasta que me perdí entre la gente.
Entre el tumulto, aún extrañaba su abrazo...

sábado, 9 de abril de 2011

Miguel y el bosque

Dibujó un bosque amarronado lleno de miles de vegetales y animales, tan frondoso que sabía que estaría bien oculta.
Dejó una pista al comienzo del camino y se escondió durante horas. Miguel no pudo encontrarla.
Cada árbol caído, cada malesa verdosa suponía un obstáculo impensado que solo tenía el fin de retrasarlo.
La buscó durante días y no la halló, el amor que él le tenía parecía no ayudarlo a superar el bosque.
Ella gritó varias veces pero su voz solo desconcertó aún más a Miguel, las palabras repicaban en la madera de los árboles y se desviaban. Él ya estaba perdido.
Miguel la buscó durante nueve meses, se alimentó de los vegetales e improvisó un hogar donde recurría por la noche luego de sus largas caminatas.
Ella ya no gritó y él la pensó muerta, hundido por la tristeza y depresión se sentó a esperar que ella respondiera a sus aullidos. Pero nadie respondió.
Treinta días más pasaron y Miguel ya lucía pálido, descuidado y con poca vida. Las hojas desteñidas de los árboles le hacían juego con los arapos que llevaba colgados.
La buscó por última vez y finalmente se rindió, dejó de comer, de reir observando a la naturaleza, de pensar en aquellas pequeñas cosas que lo hacían feliz, él dejó de vivir.
Faltaban tres minutos para las seis cuando Miguel ya tendido en el suelo y sin fuerzas esperaba que la muerte le alcanzara.
Los párpados cansados no lo dejaban ver hacia el cielo.
Cerró los ojos varias veces y en su último suspiro derrotador un gritó se oyó detrás de las malesas.
"Aún te espero" gritaba ella.