Iba ya de salida, mirándo a mi alrededor, buscándola solo para que la casualidad nos reencontrara de nuevo.
La había visto arriba horas antes pero mi consciencia me frenó. Aún así las ganas de abrazarla no cesaron.
Caminé hasta la puerta con apuro y sin mirar más, tomé la manija y dudé, dudé 10 veces. Solo me restaba girarla y no pude hacerlo.
Algunos lo llaman rapto de locura, otros simplemente lo confirman, aquel sentimiento que causó que me detuviera en la puerta y subiera rápidamente la escalera no se había esfumado. Incluso, parecía intacto.
Ya estando arriba revisé las instalaciones y no la encontré, vi a la rubia que me mira despectivamente y seguí, tampoco la encontré en la segunda ni en la tercera habitación.
Bajé las escaleras con los hombros encogidos, sinónimo de derrota, me mecí de un lado hacia el otro tocando la baranda de ambos lados y una vez abajo agaché la cabeza.
Abrí la puerta, esta vez sin resquemor, y caminé. Caminé hasta que me perdí entre la gente.
Entre el tumulto, aún extrañaba su abrazo...

