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jueves, 30 de septiembre de 2010

Son todas malditas.

Malditas las decisiones que tomamos distraídamente.
Malditas las personas involucradas.
Malditas las consecuencias de esas decisiones
Malditas cada una de ellas.
Malditas, son malditas.
y más maldita yo por pensarlas.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Misery


Se fue al parque que siempre visitaban juntas y recordando los besos que se daban detrás de los árboles, se sentó en un banco a observar el lugar. Se sentía como siempre, pero había algo faltante, Laura.
Miró todos los indigentes pasar y soñó con cambiarles el lugar. Con tener como máxima preocupación lo que comería hoy y no la muerte de su amada.
Pero estando en ese sueño irreal se dio cuenta de que la muerte era inherente en todos los casos. Teniendo o no mayores preocupaciones, ella estaría allí, junto a los vagos, bebiendo mucho, fumando y llorándola de nuevo.

sábado, 11 de septiembre de 2010

El niño de la caverna.


Paul pasaba todas las mañanas en su cueva secreta al lado del río.
Flin, por otro lado, solía seguirlo hasta su escondite, darle un buen susto una vez adentro y arrojarle piedras mientras lo insultaba por su extraña y emblanquecida piel.
Paul lloraba luego de los episodios y recurría a lo que, el creía, era su única distracción. Unos viejos comics de Batman. Las hojas ya gastadas estaban sostenidas por ganchitos oxidados que apenas unían cada parte de un tomo.
Todos los jueves el niño volvía lastimado a su casa, le decía a su madre que había tenido un accidente y se encerraba en su habitación hasta el otro día.
Año tras año el emblanquecido niño acumulaba todas sus penas y aunque tenía una madre interesada se negaba a contarle lo ocurrido con Flin, lo que para el sería solo una demostración de debilidad.
Fue un jueves de enero cuando Flin corrió a asustarlo dentro de la cueva y no lo encontró. Paul estaba escondido en un costado de la caverna esperando su gran venganza.
Tomó un trozo de madera y lo golpeó hasta dejarlo inconsciente. Flin despertó dos horas más tarde con una terrible jaqueca. Un extraño olor invadía su cuerpo.
La entrada de la caverna estaba cubierta por grandes rocas, las que Paul solía usar para cerrar el lugar, de modo que Flin en un intento frustrado de abrirla se lastimó la muñeca.
Recorrió la caverna y halló cientos de dibujos de él mismo. "Te quiero Flin pero me has empujado demasiado", "no soporto esta situación, te odio", "quisiera que seamos amigos" decían algunos de los carteles guardados en los cajones de un viejo escritorio de madera ubicado junto a una esquina de la caverna.
El olor se esparcía por toda la cueva y solo pudo distinguirla al encontrar el recipiente que lo contenía. "Querosene" se leía en el envase.
Olió el suelo y se dió cuenta que estaba en problemas. Gritó con todas sus fuerzas pero nadie respondió.
Sin embargo, Paul estaba afuera jugando con dos cajas de cerillos. Su mirada ya no reflejaba al niño temeroso que solía ser, mostraba una insaciable sed de venganza.
Fue entonces cuando el sonido del cerillo encendido y los gritos de Flin lo despertaron.
"Has tenido otra vez esa pesadilla hijo?" cuestionó su madre mientras sosteniendo un vaso de agua intentaba calmarlo.
"Vuelve a dormir Paul, mañana tienes mucho que hacer, es jueves" expresó su madre y cerró la puerta de la habitación.
El niño se levantó e ispeccionó debajo de su cama. Alzó sobre sus manos varias cajas de cerillos y se dijo a si mismo: "Pronto, muy pronto".

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Demasiado tarde...


Se fue de la ciudad por miedo al compromiso, pánico a sus sentimientos y terror a ser lastimado.
Volvió un año después con el suficiente coraje para aceptar su destino y desposar a la mujer que había amado toda su vida pero cuando llegó ya era muy tarde. Ella estaba casada con un apuesto hombre, a quien había conocido en aquel café que John se negaba a visitar.
El viento sopló muy fuerte y con los ojos llenos de lágrimas John se fue al viejo café donde había arruinado todo. Tomó un cortado, aunque parecía no poder tragarlo, y se dirigió a una plaza donde entre palomas y bancos vacíos se durmio, recostado en un árbol, abrazando la carta de amor eterno de aquella rubia que no lo había esperado.
Y así como el cobarde que había sido se lamentó haber tenido que tomarse tanto tiempo para decidir.
El tiempo le había jugado una mala pasada y ahora la abrumadora tristeza lo debilitaba, dejando a aquel miserable hombre dormido para siempre.