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sábado, 11 de septiembre de 2010

El niño de la caverna.


Paul pasaba todas las mañanas en su cueva secreta al lado del río.
Flin, por otro lado, solía seguirlo hasta su escondite, darle un buen susto una vez adentro y arrojarle piedras mientras lo insultaba por su extraña y emblanquecida piel.
Paul lloraba luego de los episodios y recurría a lo que, el creía, era su única distracción. Unos viejos comics de Batman. Las hojas ya gastadas estaban sostenidas por ganchitos oxidados que apenas unían cada parte de un tomo.
Todos los jueves el niño volvía lastimado a su casa, le decía a su madre que había tenido un accidente y se encerraba en su habitación hasta el otro día.
Año tras año el emblanquecido niño acumulaba todas sus penas y aunque tenía una madre interesada se negaba a contarle lo ocurrido con Flin, lo que para el sería solo una demostración de debilidad.
Fue un jueves de enero cuando Flin corrió a asustarlo dentro de la cueva y no lo encontró. Paul estaba escondido en un costado de la caverna esperando su gran venganza.
Tomó un trozo de madera y lo golpeó hasta dejarlo inconsciente. Flin despertó dos horas más tarde con una terrible jaqueca. Un extraño olor invadía su cuerpo.
La entrada de la caverna estaba cubierta por grandes rocas, las que Paul solía usar para cerrar el lugar, de modo que Flin en un intento frustrado de abrirla se lastimó la muñeca.
Recorrió la caverna y halló cientos de dibujos de él mismo. "Te quiero Flin pero me has empujado demasiado", "no soporto esta situación, te odio", "quisiera que seamos amigos" decían algunos de los carteles guardados en los cajones de un viejo escritorio de madera ubicado junto a una esquina de la caverna.
El olor se esparcía por toda la cueva y solo pudo distinguirla al encontrar el recipiente que lo contenía. "Querosene" se leía en el envase.
Olió el suelo y se dió cuenta que estaba en problemas. Gritó con todas sus fuerzas pero nadie respondió.
Sin embargo, Paul estaba afuera jugando con dos cajas de cerillos. Su mirada ya no reflejaba al niño temeroso que solía ser, mostraba una insaciable sed de venganza.
Fue entonces cuando el sonido del cerillo encendido y los gritos de Flin lo despertaron.
"Has tenido otra vez esa pesadilla hijo?" cuestionó su madre mientras sosteniendo un vaso de agua intentaba calmarlo.
"Vuelve a dormir Paul, mañana tienes mucho que hacer, es jueves" expresó su madre y cerró la puerta de la habitación.
El niño se levantó e ispeccionó debajo de su cama. Alzó sobre sus manos varias cajas de cerillos y se dijo a si mismo: "Pronto, muy pronto".

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